Tres casos que reflejan el costado negativo que aflora en la población argentina.

Coronavirus, discriminación y mano dura: ¿jamás vamos a aprender?

Julio Albornoz, 03/05/2020.

Lucía Miguel estudiaba en Francia, volvió por la pandemia y al regresar le dio positivo el test para el Covid-19. Fue la primera contagiada por el Covid-19 en Lomas de Zamora y, a pesar de tomar todos los recaudos y seguir con todos los protocolos, se sintió agredida por sus vecinos. En la Villa 1-11-14, tres gendarmes hicieron caminar en cuclillas y con las manos en la nuca a dos jóvenes que habrían incumplido el aislamiento. En Isidro Casanova, policías bonaerenses obligaron a otros jóvenes a hacer saltos de rana y flexiones de brazos. En los dos últimos casos, los videos circularon por las redes sociales.

El Ministerio de Seguridad actuó de inmediato: sancionó y apartó de sus funciones a los miembros de las fuerzas que avasallaron los derechos humanos de estos jóvenes.

 

El hecho que ocurrió en una calle de la Villa 1-11-14 fue denunciado en las redes sociales por La Garganta Poderosa, bajo el título “La pandemia de siempre”. Allí, las filmaciones caseras muestran cómo al menos tres gendarmes hacen caminar en cuclillas y con las manos en la nuca a dos jóvenes que no habrían cumplido con la normativa.

En este caso, “el subdirector Nacional de Gendarmería ordenó el pase inmediato a disponibilidad con inicio de actuaciones disciplinarias” para los agentes involucrados, aseguró la fuente. Se “dispuso el inmediato relevo preventivo del personal y el inicio de las actuaciones disciplinarias” correspondientes. Lo que resta es “individualizar a quienes estaban a bordo del móvil” de la fuerza y que, por lo tanto, participaron también de esos abusos.

 

En otro hecho tuvo lugar en Isidro Casanova. Un video muestra cómo al menos dos policías (no se los ve por estar detrás de la cámara) obligaron a un grupo de jóvenes a realizar acciones propias del denominado “baile”, una modalidad de castigo que data de los cuarteles en tiempos del servicio militar obligatorio.

“En cuclillas y con las manos en la nuca. ¡Vamos!”, mandó uno de los agentes, que además redobló su orden a uno de los muchachos que lo cuestionó. “Usted también, vamos, todos”, instaron, y con un conteo a los gritos marcaron el ritmo con que se debían hacer los saltos rana y flexiones de brazos.

Como si es no bastara para la vergüenza de los civiles, los integrantes de las fuerzas los obligaron a cantar el Himno Nacional y a hacer más flexiones de brazos. “Diez más. Abajo. ¡Dale!”, gritó uno que pretendió aleccionar de esa manera a quienes habían transgredido el aislamiento.

El gobernador Axel Kicillof aseguró este mediodía que el Ministerio de Seguridad bonaerense “ya resolvió” las sanciones contra esos policías y pidió que esos casos “no manchen el trabajo ejemplar de miles de policías que están trabajando” para hacer cumplir la cuarentena.

Además, indicaron que los casos fueron recepcionados a través de su difusión en las redes sociales y que ninguno había sido denunciado al 134, la línea abierta para dar cuenta de incumplimientos a la cuarentena obligatoria y hechos de violencia institucional. Por este motivo, recomendaron a la sociedad a que recurran a esa vía para las denuncias de ese tipo.

Estos no fueron los únicos casos que dieron cuenta del autoritarismo policial, cometidos con el justificativo de hacer cumplir la cuarentena por la pandemia. Días atrás circuló otro video en el que un policía provincial retaba a los gritos a un joven y una adolescente, a quienes además amenaza con “darle patadas en el culo” por no hacerle casos a sus padres. El caso circuló como si se tratara de un aleccionamiento pertinente para quienes transgredían la norma.

 

Hace diez días que Lucía Miguel (22) llegó de París. Cuando planificó su viaje de estudios a Europa, recién recibida de Internalista, nunca imaginó que a su regreso terminaría internada, aislada y con coronavirus en una clínica de Adrogué. Pero mucho menos pensó que sus vecinos la condenarían socialmente. “Ante la situación angustiante que tuve que vivir me veo obligada a aclarar mi estado de salud”, así empezó su descargo en sus redes sociales, la joven internada por coronavirus. Y continúa explicando: “El 20 de marzo recibí el resultado positivo para Covid-19. Hacía ocho días que estaba internada y asintomática. Empezaron a acusarme, y en vez de preguntarme por mi salud. Sufrí más por la difamación y la agresión que por el virus”. En diciembre se recibió de Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad Di Tella y, en enero, partió a Paris. La situación en Europa era otra, aún estaba controlada. Según datos oficiales, recién el 15 de febrero Francia registró el primer fallecido por coronavirus.

“Me alquilé un piso y me anoté en el curso de francés de la Alianza Francesa. Tenía las mañanas libres para recorrer y por las tardes estudiaba”. En apenas algunas semanas el escenario europeo se fue transformando. El gobierno restringió la circulación, no se podía ir a trabajar, los comercios se cerraron. “Cuando suspendieron mi curso, ya no tenía mucho sentido seguir en París gastando mis ahorros. Trabajo era imposible de conseguir. La ciudad se fue paralizando poco a poco”. Así, el 11 de marzo Lucía emprendió la vuelta a casa. Y antes que el avión despegara apareció la primera alarma. “Vomité en el avión. Las azafatas me ayudaron y después me sentí bien durante el vuelo”.

Una vez en territorio argentino, los padres de Lucía, ambos bioquímicos, la fueron a buscar a Ezeiza. “Firmé la declaración jurada y expliqué que me había descompuesto. Mis papás, como profesionales de salud, saben cómo actuar en un protocolo, llevaron todas las medidas de bioseguridad al aeropuerto: tenían guantes, alcohol en gel y barbijos. Inclusive manejé sola”. Esto fue horas antes al anuncio del decreto que obligaba la cuarentena obligatoria a la gente proveniente de países afectados.

Ya en casa, todos optaron por realizar la cuarentena preventiva y aislarse. Pero a las pocas horas Lucia manifestó otros síntomas compatibles con el coronavirus. “Me tomé la fiebre; tenía 37,5, a la hora 37,8 y a las ocho de la noche 38,7. Tomaba paracetamol y la temperatura no bajaba, intenté con paños fríos y baños de inmersión, sin éxito alguno”.

Se le sumó el dolor de espalda fuerte. Entonces se comunicó con la obra social a través de videollamada. A partir de ese momento activaron el protocolo de emergencia. “Me mandaron a buscar con una ambulancia, me hicieron el hisopado y el 12 de marzo quedé internada en la Clínica IMA”. El resultado positivo por coronavirus recién llegó al 8 día de internación, cuando Lucía ya no tenía síntomas.

Lucía está acompañada por su madre, que decidió internarse de manera voluntaria. “La habitación está dividida en dos, ella tiene su sector y yo el mío, respetamos el distanciamiento”. Su padre está aislado en su casa en Lomas. “Lo aclaro porque también inventaron que mi madre estaba grave de salud y mi padre rompía el aislamiento”.

Los días pasan más lento de lo habitual. “Es bastante aburrido. Me traje la computadora, y unos libros de Isabel Allende”. Una vez al día viene su médico para para controlarla. Las enfermeras le toman la presión y la temperatura cada rato. “Entran todos protegidos”.

¿Cuál es pronóstico médico? Se le tomaron dos muestras que fueron enviadas a análisis. Si ambas dan negativo, Lucía tendrá el alta, aunque deberá permanecer en su casa con cuarentena obligatoria.

Lucía finalmente resume lo sucedido: “¡Pasó todo tan rápido! Salí del aeropuerto y a las horas ya estaba en la clínica. Ni saludé a mi familia, ni un beso ni un abrazo. No fue un reencuentro normal. Igual la desinformación también enferma, y promueve el pánico... recibí mucha agresión de gente que ni conozco”.

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