EXTRANJERIZACIÓN

ECONÓMICA:

EL ETERNO

SAQUEO.

Por

JULIO ALBORNOZ

para Revista Urbanave

12/07/2020

En estos últimos tiempos en los que todos los cañones estaban apuntados a la pandemia, en épocas de fakes sobre la supuesta libertad y justicia en la que parece que vivimos los últimos cuatro años y no nos dimos cuenta, hay temas que pasan de largo a los ojos de la opinión pública. Y el hecho de que es lo que fundamentalmente nos aleja de un desarrollo sostenido que nos permita ser una nación no “desarrollada” como la llamarían algunos, sino más justa e igualitaria para disfrutar del bienestar generado, como más me gusta decirlo a mí, es todo un desafío del que todos merecemos estar al tanto y opinar.

Y asuntos como la moneda, el dólar, la deuda, que, si bien son importantes, creo que están subordinados a dos que considero primordiales: una reforma impositiva progresista (asunto del cual Raúl Sánchez -economista y director del BICE- se encargó en este mismo número a través de una nota) y LA EXTRANJERIZACIÓN DE LA ECONOMÍA ARGENTINA.

Otros, como vengo leyendo por ahí, cargan las tintas sobre la “debilidad” del peso, la dolarización… hasta le pusieron nombre a la nueva moneda: “el Argentino” y una nueva vuelta de tuerca hacia la ortodoxia al decir que sería “inconvertible”, haciendo del Banco Central un museo, “obligando” a la gente a aceptarla (ya sabemos lo que pasa) y separando el comercio interno del externo (es realmente loable el propósito, pero que me digan como una economía extranjerizada como la nuestra aceptaría esto sin chistar).

O sea que siempre volvemos al punto de partida… una economía DOMINADA por multinacionales extranjeras que frenan el desarrollo y que su única preocupación es la maximización de las ganancias EN DÓLARES para enviarlos a sus casas matrices. Es la típica política colonial mejorada y tecnificada. Igual que el oro del Perú, la plata del Potosí o los esclavos en África.  Las empresas (menos aún las extranjeras) no se interesan por la gente, solo por sus bolsillos. Aunque cuando son locales hay matices, lazos, hasta intereses en común… todas cosas que la extranjerización hace desaparecer, dejando solo el lucro.

Incluso, al leer la nota de Gretel Ledo (28/06/2020 en Perfil), me pareció acertada la idea de usar como ejemplo el concepto cíclico donde el retorno es eterno que se da en “Las Ruinas Circulares” (de Jorge Luis Borges), pero en vez de aplicarlo a una moneda que se desvaloriza para dar paso a otra, o de un país en un eterno sube y baja, me gustaría aprovechar la idea para el caso en cuestión: la extranjerización del país. Las empresas foráneas usan ese concepto cíclico, ese tobogán en el que en épocas de vacas gordas abaratan el dólar, producen, aprovechan las buenas ventas, mientras fugan las ganancias generadas a través de operaciones que no importa realmente si son legales o ilegales, ya que si no lo son su ejército de abogados, contadores, periodistas, políticos, fiscales y jueces o bien hacen que lo sean, o, si la cosa es muy grosera, lo esconden para que nadie (salvo ellos) sepa del asunto. Muy de vez en cuando hay un Panamá Papers que parece los va a hacer caer, para dejar pasar el tiempo mientras nos “venden” otros intereses que nos dicen deberían ser nuestros (pero nunca lo son) y ellos salen ilesos del asunto.

Cuando los bolsillos están llenos y aquello que nos vendieron como genial empieza a caerse a pedazos (sea convertibilidad, corralito, mega canje, blindaje, bono a cien años o enamoramiento con Christine Lagarde), liquidan lo que queda (y también se lo llevan), achican las operaciones lo más posible (ahí llegan los despidos y suspensiones), venden parte de sus activos (cuyo pago también va a la casa matriz) y se sientan a ver el desastre, saliendo en los noticieros y programas políticos o económicos de sus “amigos” (empleados sería un término más exacto), en los que nos dan consejos de como salir del atolladero, consejos que nunca siguen sus propios países de origen (haz lo que yo digo pero no lo que yo hago). Y así esperan a otro “populismo” que arregle los desastres que hicieron los políticos brillantes que nos dejaron en cueros (y que ellos elogiaron hasta que se desató el desastre), vuelven rápido a comprar a dos pesos lo que habían vendido a precio de oro, y la maquinita vuelve a producir… y dale vueltas a la manija que empezamos de vuelta…

Ese es el verdadero “avance infinito hacia el punto de partida” del que habla la autora de la nota. Ellos son los que destruyen la moneda haciéndole creer a la gente que es basura (a través de su manada de “comunicadores” y “voceros”), ellos manejan el valor del dólar en un mercado como el nuestro que les resulta “de bolsillo”, ellos corroen el espíritu del ciudadano común y lo empujan a la desconfianza eterna (no solo a la moneda sino a la política, a sabiendas que es lo único que los puede perjudicar).

Y nos “educan” con conceptos como el de la “seguridad jurídica”, seguridad para ellos por sobre la seguridad de toda una sociedad, avalados por organismos multilaterales como el Banco Mundial o el FMI que trabajan para ellos, y “siempre” van a fallar para defender los intereses empresarios por sobre los intereses de las naciones que, supuestamente, son socias de este club que las maltrata.

Y colocan a la propiedad privada en el altar del capitalismo, esa verdadera religión que hace que la propiedad de uno esté por encima del interés de toda una nación. No importa si ese uno es un delincuente, que estafe, engañe, evada y en última (o primera) instancia robe. Si es uno de ellos, estará a buen resguardo.

Una rueda eterna donde cuando el auto se frene, ellos quedarán arriba, limpios, cómodos, a resguardo. Y nosotros estaremos en la parte de abajo, sucios, incómodos y aplastados.

 

UN POCO DE HISTORIA RECIENTE.

 

Desde la asunción de Menem, Argentina sufrió un intenso proceso de extranjerización de la cúpula del empresariado en todos los sectores de la economía. Este período se extendería hasta el año 2002 y su resultado fue una notoria pérdida de densidad y peso económico del empresariado que podríamos llamar nacional (por el origen de sus capitales y por pertenencia), a favor de grandes multinacionales extranjeras, que, poco a poco, fueron monopolizando vastos sectores de la economía, en general los que ofrecían mayor tasa retorno con menor inversión relativa con respecto al nivel de ganancias, la mayoría de las veces impensable en sus países de origen.

Sistemáticamente, las políticas económicas neoliberales con sus libretitos de siempre (ingreso de Argentina al “mundo desarrollado”, efectos derrame, liberalización del mercado laboral, necesidad de inversiones extranjeras sin importar el precio…), generaron una trayectoria declinante de las grandes firmas y conglomerados del país. La consecuencia es una economía no solo en manos de empresas a las que solo les interesa la “productividad” que les asegure una “tasa de retorno” inexistente en el mundo desarrollado al que nos prometen transportar, siendo más bien una tasa de ganancias propia de un sistema colonial, donde es marcado nuestro rol de satélite generador de riquezas que no aprovecharemos jamás.

A principios de los 90´s se dio un proceso de competencia internacional en busca de las ganancias que las empresas trasnacionales (ET) no conseguían en los mercados cautivos de su área de influencia. Eso los llevó a extender sus tentáculos a diferentes lugares del mundo, pero, particularmente a Europa del Este (que transitaba desorientada la salida del comunismo ruso) y a América Latina, dos lugares que le ofrecían la posibilidad de mano de obra más barata, gobiernos “accesibles” a sus demandas, y una tasa de ganancia exagerada para cualquier economía seria. En nuestro continente, y, en especial en nuestro país, esto se conjugó con un marco de crisis de deuda, apertura de la economía a las importaciones, y, la frutilla del postre, la privatización de empresas públicas y la desregulación de diversos sectores de gran importancia económica. Si agregamos una clase política permeable a la corrupción (Swift, IBM-Nación, la leche adulterada, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, el espacio radioeléctrico con Thales Espectrum, la Aduana paralela e Ibrahim al Ibrahim en Ezeiza, el Yomagate -y el desfalco de bancos públicos, la liquidación de Bancos que habían hecho estafas y el nacimiento de otros con capitales de muy dudoso origen-, Monzer Al Kassar y las armas…) La mesa había sido servida.

Fue el comienzo del proceso de sojización del campo, el final de la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes de la mano del tándem Menem-Cavallo, la extranjerización de todas las empresas de servicios públicos prácticamente sin obligaciones para las empresas (extranjeras) adquirientes, el uno a uno posterior que permitió que las ganancias empresarias fuesen en dólares (los cuales religiosamente eran fugados del país) y Argentina contrajera una deuda externa que luego se demostró impagable. Esto fue acompañado de una desregulación de3l mercado del trabajo que generó empleo de baja calidad, tercerización, pérdida de estabilidad laboral y salarial… pobreza, hambre… y un final de “huida” de los capitales que habíamos alabado para que nos sumergieran en la crisis más importante del siglo XX en la Argentina.

Asimismo, se adaptó aún más una legislación ya de por si liberal sobre regulación del capital extranjero y con esto, en un marco económico dinámico era más que esperable que, ante una eventual flexibilización en el acceso a dólares (nada mejor que la convertibilidad sostenida a base de la propia extranjerización a través de las privatizaciones), la repatriación de utilidades hacia las casas centrales vaya a registrar un alza importante. El movimiento era virtuoso para los capitales foráneos. Ofertaban y se quedaban con los activos que habían sido fundamentales para subsidiar y promover la producción local, ya que su facturación era a base de clientes “cautivos” (por lo que era una facturación “asegurada”). Y así, trasladaban esos recursos que por décadas habían sido del Estado hacia sus casa matrices, generando un factor de tensión sobre el sector externo de la balanza de pagos. En el corto plazo se podía compensar por inversión extranjera directa o deuda externa (agrandando la dependencia), pero por historia ya deberíamos haber sabido que, en el mediano y largo plazo, el saldo será negativo porque las remesas futuras serían mayores que los ingresos de entonces.

Además, en una nación periférica (si lo quieren más bonito para dorarnos la píldora, “emergente”, aunque nunca terminemos de emerger) que obviamente es importadora de tecnología y capital industrial, no puede concebirse la formación y expansión de grandes empresas de "capital local" si no es en estas condiciones de dependencia. A partir del Proceso en los 70´s, se sentaron definitivamente las bases de ello (que el menemismo luego solidificó), por lo que el capital extranjero puede retirarse transitoriamente (2002-2003 ó 2009-2015) de la gerencia y la propiedad de algunas de sus empresas, pero sigue latente (participando como socio minoritario o como proveedor) a la espera de una nueva oportunidad (macrismo) para volver a la carga.

Así, asistimos al fenómeno de que no solo se extranjerizó la producción fabril y los servicios, sino que también asistimos a la extranjerización de la tierra, donde grandes empresas o multi millonarios europeos o estadounidenses, acaparaban grandes extensiones que contenían no solo riquezas actuales, sino recursos naturales que, a futuro y no tan lejano, van a ser el nuevo campo de batalla internacional por su posesión y explotación. La ley de Protección al Dominio Nacional sobre la Propiedad, Posesión o Tenencia de Tierras (Ley 26.737, sancionada en 2011) fue un freno para esto, poniendo límites a la posesión. Otro tanto había hecho la Ley de Glaciares (Ley 26.639, promulgada en 2010), que los protegía de las multinacionales mineras y condicionaba el uso privado en un área de influencia de los mismos.

Lamentablemente, las provincias mineras, ávidas de recursos fáciles (y permeables muchas veces al dinero de estas ET), flexibilizaban las normas a través del dominio de los subsuelos que les otorgó el menemismo, y la llamada Ley de Tierras fue flexibilizada por Mauricio Macri en 2016, permitiendo el retorno de los particulares y empresas extranjeras al negocio inmobiliario y a la compra de tierras para explotaciones de dudoso cuidado ecológico.

Llegamos así al fin del siglo con un notorio retroceso de la burguesía local, que no se limitó a la desnacionalización de fábricas relativamente pequeñas e ineficientes, sobrevivientes del periodo sustitutivo; alcanzó a los negocios medulares de varios de los principales grupos económicos nacionales en los rubros más diversos: industriales y de servicios, orientados al mercado externo y al interno, en mercados regulados y privados.

Era tal el grado de concentración de las foráneas que, el 55% de las ventas totales de las 200 empresas de mayor tamaño del país estuvo explicado por las ventas de las empresas extranjeras.

La crisis del 2001 hizo que las extranjeras se achicaran o directamente se fueran del país. Pero a partir de 2003, con la llegada del Kirchnerismo, comenzaron con su operativo retorno (en realidad, como ya dijimos, estaban latentes, nunca se van del todo). La sequía de crédito, la necesidad de generar empleo y la obligación del gobierno de mayor recaudación para volcar los recursos del estado para cimentar la recuperación, fueron la puerta de entrada para el retorno de las ET.

Así, en 2007, mientras 66% del panel de las compañías más grandes de Argentina era de capital extranjero, su peso en el valor agregado era de 84% y en las utilidades alcanzó 90%

Y más allá del tibio proceso de nacionalización que hizo que en 2012, de las 500 compañías no financieras líderes del país, 179 fuesen de capital nacional y las 321 restantes fueran extranjeras (contra 160 nacionales y 340 extranjeras en 2003), este aumento de la presencia de grupos locales en la cúpula del poder económico, no modificó el valor de producción generado por estas empresas, manteniendo constante el valor de las nacionales nacional se ha mantenido casi constante en ese período (21,4 por ciento) en el total de ese lote de 500. O sea, hay más firmas nacionales entre las más grandes, pero las de capital extranjero con menos mantuvieron su participación en la producción. De ese modo, durante el kirchnerismo la extranjerización se ha mantenido en niveles muy elevados en volumen de producción, mientras que ha descendido en cantidad de empresas de ese origen. En el renglón de las utilidades, las nacionales describieron un importante salto, del 9,4 al 18,6 por ciento del total de ese grupo de empresas líderes de 2003 a 2012.

En ese entonces, el economista Andrés Asiain, de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche, basado en datos del INDEC, reveló que 324 de las 500 mayores empresas del país eran extranjeras. “Además, éstas eran las más rentables de la cúpula, concentrando 80% del valor agregado (las ganancias y los salarios) generado por ella. Las grandes empresas industriales muestran indicadores similares: 67% son extranjeras y concentran 82% del valor agregado”, analizó Asiain. El propio Aldo Roggio, luego de la venta de Avex (avícola) al poderoso grupo brasileño BRF cuestionó la situación afirmando que “… no estoy en contra de la inversión extranjera, quiero la inversión extranjera; pero para empresas nuevas, no para comprar empresas nacionales”, agregando que “…si tuviera que hacer una autocrítica del empresariado nacional, diría que no hay que vender y si se vende es para hacer otro negocio”.

Además, dentro de las 500 empresas más grandes, durante la posconvertibilidad, la participación del salario en el ingreso fue mucho más baja en las compañías extranjeras (16 por ciento) que en las de capital nacional (37 por ciento). Y entre otros aspectos a destacar, la tasa de ganancia de las corporaciones foráneas fue del 34 por ciento, mientras que la tasa de inversión alcanzó el 17 por ciento, lo que manifiesta una baja reinversión de utilidades (“reticencia inversora”). Es decir, que los inversores extranjeros no estarían potenciando las capacidades tecno-productivas domésticas, sino que, en buena medida, estarían girando las utilidades al exterior por diversas vías, lo que afecta la balanza de pagos.

La conclusión que nos muestra nuestra história reciente sobre el tema, es que la extranjerización económica redunda en una problemática sumamente compleja con hondas repercusiones sobre la dinámica macroeconómica a través de su influencia en variables como la inflación, la distribución del ingreso, la inversión, las cuentas externas y fiscales. Y sobre el margen de maniobra estatal: primero, por la superior capacidad de veto de las grandes corporaciones; segundo, por la ostensible pérdida de “decisión nacional” asociada a la notable expansión del capital extranjero.

 

CÓMO REACCIONAR ANTE EL PROBLEMA.

 

Ahora que ya vimos la historia, sus motivos y consecuencias la pregunta del millón que podría hacerse es si hay que aceptar esto así cómo nos lo venden o si se podría hacer algo al respecto para cambiar la ecuación y buscar un desarrollo sostenible, con mejor reparto de la torta y ganancias para todos y no para los de siempre.

La respuesta es sencilla: Se puede hacer y por la vía que más se ajuste a las características del país y su aparato productivo. No existe una receta mágica para llegar al desarrollo. Los casos internacionales lo demuestran. Mientras Corea del Sur se desarrolló a través de una fuerte concentración del capital (los famosos chaebols, grandes conglomerados con presencia en múltiples sectores económicos), Taiwan lo hizo a través de un fuerte tejido de pymes. China, en la actualidad, tiene un desarrollo industrial basado en la IED (Inversión extranjera Directa). Más atrás en el tiempo, Alemania apeló a una fuerte concentración financiera para apuntalar su industria y formar los kartell (agrupaciones de empresas de un mismo sector para defender sus intereses controlando gran parte de la producción de ese mercado) a fines del siglo XIX, mientras Italia se apoyó en sus distritos industriales pymes.

No podemos permitir que, como por ejemplo sucede en la Industria automotriz, los productos fabricados “atrasen 20 años” con respecto a los hechos en sus países de origen o en mercados mejor regulados. Hay que entender que el capital no se retira porque sí. Trata de negociar y, aunque baje un mensaje pesimista, no quiere perder un mercado de 10, 20, 30, o 45 millones de personas (según que fabrique) como le brinda la Argentina. Ellos saben que una empresa que se va deja un hueco en el mercado, que siempre va a ser ocupado por otro.

El más claro ejemplo fue el de Evo Morales y la estatización del petróleo, dónde firmas extranjeras no dudaron en achicar sus ganancias astronómicamente (más allá de las protestas y amenazas de paralización al inicio de la negociación), para seguir trabajando en un mercado que, aun así, les seguía siendo rentable.

Entonces bien… ¿Qué hacer?

Primero, hay que saber qué el crédito hoy en día es fundamental para desarrollar proyectos empresarios, por lo qué es fundamental que la banca pública se fortalezca y oriente todo su potencial a ser parte importante de la transformación y fortalecimiento de las empresas de origen nacional. En idéntica línea, la banca privada debe cumplir un rol importante en este sentido, con regulaciones que vayan en ese sentido, y un férreo control de su implementación y aplicación, siendo inflexible en ello como manera de generar una verdadera “seguridad jurídica” en el desarrollo del plan. Obviamente, el Banco Central tendría un rol relevante en todo esto y en una correcta administración cambiaria en favor de los intereses productivos y no de la timba financiera.

Si observamos el tejido industrial argentino, los sectores de bienes intermedios, químicos, petroquímicos, metales básicos, son los que conocen mayor concentración de capital. Este hecho frena el desarrollo industrial cuando una pyme tiene que enfrentar, además de la competencia importadora, precios internos de sus insumos más elevados que el internacional. Para superar este escollo se debería redistribuir el ingreso al interior de las cadenas de valor junto a una política de comercio interior que logre disciplinar los actores más poderosos, medidas indispensables que permitan conjugar eficiencia, industrialización y distribución del ingreso.

También, las inversiones foráneas (si bien se expanden a lo largo del tejido económico) se acentúan en los mercados con ventajas comparativas y/o institucionales de privilegio (los más beneficiados durante la posconvertibilidad), como el procesamiento de recursos básicos con escaso grado de transformación local (como por ejemplo la minería, los hidrocarburos o la agroindustria), los commodities industriales y la armaduría automotriz.

Otro tema es trabajar en la integración con las pymes locales, hoy escaso debido a decisiones de compras tomadas a nivel global por las ET (en especial en el régimen automotriz). Teniendo en cuenta que el coeficiente de importación de las transnacionales es superior al promedio (agregado a la repatriación de utilidades), la sangría de divisas que supone la instalación de una empresa extranjera es nociva y está visto que no sirve remediarlo con leyes muy restrictivas en cuanto al uso de las divisas, ya que siempre encuentran un hueco o un atajo por dónde colarse.

El hecho nefasto para Argentina y que dificulta las cosas, es que la fuga de capitales no es excluyente de las empresas transnacionales: también la realizaron los grupos económicos locales. Esa ausencia de una poderosa “burguesía nacional”, que reinvierta en el país sus ganancias, significa para muchos economistas que los actores principales del desarrollo económico deben ser los trabajadores, a través de un gobierno popular.

 

Aunque los comunicadores de siempre (mercenarios a sueldo de los grandes grupos, del establishment asociado o de la Embajada) nos pinten una pintura diferente, nos anuncien cataclismos, o lo muestren como tarea imposible, o realmente perjudicial para la salud de las inversiones, es mucho lo que se puede realizar hoy (y aprovechar este momento de pandemia internacional para ello) para romper con el mandato neocapitalista que nos bajan como las tablas de los mandamientos, y atacar de una vez las problemáticas de la concentración y la extranjerización.

Es fundamental, por ejemplo, reemplazar la ley de inversiones extranjeras sancionada durante la última dictadura militar y, a la vez, denunciar los Tratados Bilaterales de Inversión aprobados profusamente durante el menemismo (que permiten barbaridades fiscales siempre a favor de los intereses empresarios por sobre los de la población).

Otro asunto a establecer son las limitaciones al giro de utilidades a través de la imposición de niveles de ganancias que deben reinvertirse en el país (algo que, en la práctica, se realizó en épocas de la segunda presidencia de Cristina Kirchner), con una ley especial sobre el tema.

Se puede implementar un régimen efectivo de “compre nacional” que condicione a las grandes empresas que reciben algún tipo de subvención estatal a demandarle sus insumos y bienes de capital a los proveedores locales. También, reformar y aplicar adecuada e integralmente la legislación vigente en materia de defensa de la competencia, y (algo fundamental) controlar rigurosamente las fusiones y adquisiciones, que son la principal modalidad de la extranjerización actual.

Para terminar, hacer una norma que excede el tema que estamos tratando pero no por ello deja de tener incidencia: una ley anti-monopolio clara que no permita la creación de pulpos de ningún tipo y active una sana competencia productiva para beneficio de los consumidores de esos productos.

La creación de un sistema basado en la cooperación y el consenso más que en la competencia, que abarca al conjunto del entramado socio-económico, desde el sistema financiero al industrial o al estado es fundamental para el crecimiento con justicia social del país.

los que seguro se van a oponer

La Asociación Empresaria Argentina (AEA), la entidad que enrola a las 500 compañías más importantes del país, está conformada por multinacionales y empresas argentinas que defienden sus intereses (que ya son propios también), como las de medios de Comunicación (Clarín, La Nación…).

Entre sus miembros se encuentran empresas como Techint, Arcor, Pérez Companc, Irsa, Fiat Argentina, Bagó, grupo Miguens, Coto, Cartellone, Pan American, Roemmers, Medicus, Ledesma, Aceitera G. Deheza, Consulatio, Citi, IBM, OSDE, Pricewaterhouse Coopers, La Anónima, Banco Santander, Mercado Libre, Globant, Roggio, Raizen, Cencosud, Toyota, Adeco Agro, el Grupo Clarín, el grupo La Nación y Cablevisión,

entre otros.

 

Sus miembros (entre los cuales hay mayoría de firmas extranjeras) facturan 53.000 millones de dólares anualmente. Muchos de los cuáles salen como royalties a las casas matrices o como fuga de capitales en sendos paraísos fiscales, todo desarrollado bajo una ingeniería pensada para trampear al sistema y pagar la menor cantidad de dinero en impuestos.

BIBLIOGRAFÍA.

 

Azpiazu, D., Basualdo, E., Khavisse, M.: “El nuevo poder económico en la Argentina de los años ochenta”, Legasa, 1986.

 

Asimismo, Basualdo, E.: “Notas sobre la evolución de los grupos económicos en la Argentina”, IDEP/ATE, 1997;

 

del mismo autor, “Formación de capital

y distribución del ingreso durante la desindustrialización”, IDEP/ATE, 1992.

y también, Basualdo, E.: “Concentración y centralización del capital en la Argentina durante la década de los noventa. Una aproximación a través de la reestructuración económica y el comportamiento de los grupos económicos y los capitales extranjeros”, FLACSO/Universidad Nacional de Quilmes/IDEP, 2000.

Diario Página12. A. Zaiat. Extranjeras. 22/03/2014.

Diario Página12. Tomás Lukin. Los problemas no resueltos. 30/01/2012.

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