París, Francia (ARRIBA), carromatos en Estados Unidos (CENTRO) o inmensas favelas en San Pablo (ABAJO). El neocapitalismo no hace distingos cuando de crear miseria se trata.
La villa 31, por sus características constructivas y el abandono al que la sometió el Gobierno de la Ciudad, es el principal foco de la pandemia en la ciudad.
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Las pandemias paralelas al coronavirus...
y las previas que habrá que combatir al final.
CARLOS CRUZ, 01/06/2020.

Dentro de los múltiples desafíos que nos propone hoy el coronavirus, hacer que la respuesta a la propia pandemia y a la eterna pandemia de hambre y pobreza que atraviesa el mundo y, en especial, Latinoamérica, sea una respuesta institucionalizada, supondría a los ojos del contexto socio económico presente, la revolución más grande en muchos siglos.

Esta sería la utopía a perseguir hoy, más allá de que personalmente la vea casi imposible de suceder, no porque no sea posible (bastaría con la voluntad y el apoyo de las mayorías populares a políticas dirigidas en ese sentido), sino porque vivimos en una sociedad moldeada tras décadas de neoliberalismo que la transformaron en egoísta, temerosa, prejuiciosa, sin memoria, desideologizada y sumamente débil. Vive encerrada en su mundo construido con las migas que le caen de arriba, que cada vez son menos… culpando a las clases más desfavorecidas de sus problemas ante el temor que les genera enfrentar a sus verdaderos verdugos, con los cuales prefiere identificarse a pesar del desprecio por sus vidas que estos le demuestran. ¿Ignorancia? ¿Temor? ¿Odio? ¿Alienación? ¿O un cocktail de todos ellos que los ha reformateado?

El producto de esto es que creo que esta institucionalización del hambre y la pobreza no existe ni lo hará porque ni siquiera existe intención alguna de intentarlo. Solo habrá actos espasmódicos mientras dure la pandemia, siempre que no superen los límites que el establishment ha establecido.

Mientras que en Argentina florecen los comedores y merenderos populares aún en medio de la pandemia (que realizan la encomiable tarea de paliar un hambre de la que el estado debería encargarse, pero con el peligro de contagio que ello representa, por no contar con instalaciones ni elementos adecuados para realizarla); en Chile hay escenas de hambruna que no se veían desde el Pinochetismo; el Reino Unido sufre los delirios de Boris Johnson y el destrozo de un sistema de salud que fue de los mejores del mundo (de Thatcher para acá se encargaron que no lo fuese más); Italia lloró por los opulentos norteños que no tuvieron mejor idea ante la llegada de la pandemia que vacacionar en el sur, llevando con ellos al virus; España ve como crecen los infectados, los muertos y los pedidos de ayuda alimentaria (en más de un 50%); Trump sigue hablando pavadas y las víctimas ya casi duplican a los muertos estadounidenses en Vietnam; y Bolsonaro sigue haciendo payasadas mientras observa que su Dios no impide que poco a poco Brasil se convierta en el centro mundial de la Pandemia con ya 21.000 muertos y más de 300.000 infectados.

Y la gente de estos lares… ¿qué hace? Nada… no hay reclamos, ni grandes protestas (salvo en un Chile con efervescencia previa), ni ideas revolucionarias… nada. Nadie habla seriamente o piensa en la posibilidad de una economía enterrada bajo oleadas de desigualdad producto de la especulación feroz. Ese 10, 15 o 25 por ciento de derrumbe en la economía global que se achaca a la pandemia sin pensar que es producto de un neocapitalismo que hace agua por todas partes, que es hoy, a todas luces, más una ilusión de la timba en que nos sumergimos, que algo tangible o comercializable con dejos de lógica y seriedad. A la fiesta de bonos, opciones y todo tipo de mierdas tóxicas que nos rodean, haciendo que una acción se triplique en un par de meses sin sustento real, o que vendamos productos sin valor a precios ascendentes como paso en 2008 y sigue pasando hoy, más de 10 años después. Esa es la magia de la especulación financiera que domina todos los medios de comunicación social que mantienen engañada y alienada a la mayoría de la gente. Son fábricas de rumores infundados, campañas sucias, trolls, fake news, lawfare… todos excrementos de un sistema podrido que ante la menor revisión seria se derrumba por inconsistente y mentiroso.

Pero a nadie (o a muy pocos) le interesa… siguen enfrascados tratando de mantener o recuperar algo de lo que ya han perdido, temerosos de perder el empleo, algún privilegio, o peor aún (para ellos), un sentido de pertenencia hoy ya dudoso.

No importa que se diga que el 60 por ciento de los niños argentinos nacerá pobre, o que la desigualdad de Chile sea de las peores de Latinoamérica (habrá que buscar otro “estudiante” modelo), o que en muchos lugares de Europa la pandemia desnudo a las ciudades mostrando a los desamparados y hambrientos, o que se diga que en EEUU (supuestamente, el país más poderoso del planeta) uno de cada cinco niños sea pobre, o que Brasil enfrente la peor recesión de los últimos cincuenta años y tenga a 14 millones de personas en extrema pobreza, viviendo con menos de 1,90 dólares diarios.

Así las cosas, en Latinoamérica se prevé que México encabezará el mayor retroceso económico este año, seguido por Argentina (agravado por la deuda impagable que dejó Macri de regalo, de la que ya pidió reperfilamiento y reducción drástica, o va camino al default total como formas de protección), y detrás Chile, Perú y Colombia. En Venezuela las cosas no están mejor, y se espera otro desplome de su PIB (más aún con la crisis petrolera). La Comisión Interamericana de Derechos Humanos resume al respecto, en su resolución 1/2020 “Pandemia y Derechos Humanos en Las Américas”, que se trata de la región más desigual del planeta en que pobreza y pobreza extrema se extienden de forma transversal a todos los Estados, sumando la precariedad en temas tan vitales como el acceso al agua o al saneamiento, la inseguridad alimentaria, la contaminación ambiental y la falta de viviendas o de hábitat adecuado. Si le agregamos la pandémica informalidad laboral y la vuelta de la mano de los gobiernos de derecha de la precarización laboral, junto al coronavirus, la mezcla se vuelve fatal.

Pero para las “clases medias”, la culpa es de los villeros, los pobres, los sindicatos, los políticos y los “asquerosos” inmigrantes. Y muchos compran la bolilla de que la “guerra” que se libra, según la expresión tan desafortunada como arraigada en el lenguaje belicista mediático, no solo es contra el covid-19 sino, principalmente, contra sus consecuencias económicas… la guita ante todo. Por sobre nuestra propia vida, la de nuestros padres, o abuelos, amigos o vecinos…

Y nadie reclama, protesta, exige, un cambio de rumbo real… con bancos que dejen de esquilmar a los ciudadanos, empresas elefantiásicas que especulan hasta con la desgracia de la enfermedad, de instituciones o sectores que hacen que sus privilegios sean causantes de la desigualdad que no permite crecer de verdad al país. Es hora de un cambio verdadero, no solo discursivo. Que los ganadores de siempre aporten en esta hora aciaga… cedan parte de sus exagerados privilegios de clase para hacer una sociedad más justa y equilibrada, en la que la idea de progreso y ascenso social sea una realidad y no una promesa a cambio de “sacrificios” que nunca terminan y que hacen siempre los mismos.

Es hora de decir basta… barajar y dar de nuevo.

 

Villas y Pandemia.

 

La tremenda marea de contagios de covid-19 en las villas de la Capital y el Conurbano Bonaerense, le terminó de dar un carácter clasista a la pandemia. Mientras Larreta, que no solo no previno (algo que acostumbra y que ya hizo este mismo año con el dengue) sino que no quiso hacerlo (los 15 días de falta de agua en las villas 31 y 31bis lo demuestran), el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, (a pesar de una labor titánica de Kicillof luego del desastre de Vidal) lucha contra su propia inmensidad y pobreza estructural. La cosa ya no pasa solo para la cama en un hospital para un contagiado, sino que se precisa de todo un dispositivo de prevención y ayuda familiar.

La desigualdad y la pobreza se convirtieron, como siempre sucede en todas las crisis, en el sitio donde se estacionan las calamidades, el eslabón más vulnerable. Porque si de economía se trata, los que más sienten las crisis son los más desprotegidos en la escala social. Y lo mismo sucede si los problemas son de índole social, de seguridad, o sanitaria, como esta.

Y por eso, hoy las villas, los asentamientos y barrios precarios amenazan con transformarse (o ya lo hicieron más bien) en el principal foco de la epidemia. Y esto nos obliga a caer en la xenofobia típica, el desinterés social o, peor aún, político. No olvidemos que esta es una pandemia que nos regalaron los más ricos, los que viajan al exterior a pesar de la crisis y el dólar... los que están del medio hacia arriba de la pirámide social. Y el recordarlo hace que no puedan borrarse.

Hay que tener muy en cuenta que si de algo sirve la experiencia que Argentina acumuló a lo largo de la pandemia, aprendimos que la prevención es el mejor remedio. Estar un paso adelante de los hechos… evitar la propagación en masa para permitir actuar de forma correcta a nuestro sistema de salud, el que, a pesar de ser cascoteado estos últimos cuatro años (y más aún, en la Ciudad), demostró ser mucho más sólido y eficaz que varios de los países desarrollados.

Las denuncias de los referentes sociales que trabajan día a día en las principales villas de la Ciudad de Buenos Aires coinciden en que la reacción ante la pandemia del ejecutivo porteño fue lenta tras la aparición de los primeros casos, a los que se suman deficiencias fatales y menos perdonables, como han sido los cortes del suministro de agua en las dos villas que más han sufrido por la epidemia, la Carlos Mujica, en Retiro y la del Bajo Flores.

En todo el territorio nacional hay unas cuatro mil villas miseria; 1600 localizadas en el Conurbano, y 55 en CABA. Sin embargo, fue la Ciudad la que se convirtió en el centro y foco principal de la pandemia, luego del llamado de alerta desoído por Larreta, Santilli y Cía. Ellos deberían haber previsto que la alta densidad poblacional, los angostos pasillos y la construcción en altura de las villas capitalinas hacen las delicias de cualquier virus con ansia de progresar. La ventaja de las del Conurbano y del resto del país es que la construcción tiende a expandirse de manera horizontal y espaciada.

La crisis que el ejecutivo porteño generó por la provisión de agua ante la falta de suministro que ya llevaba más de una semana, es imperdonable. Lo que tuvo que haber sido la primera prioridad en la estrategia de Larreta frente a la pandemia, la dilapido con la acostumbrada soberbia de desoír los reclamos de los vecinos. En vez de eso, trató de desligarse de la responsabilidad y la derivó a la empresa AYSA. Fue el Poder Judicial quién con un fallo ante un amparo presentado por los movimientos sociales, obligó a Larreta a dar marcha atrás. El asunto es que se perdieron días preciosos que hoy lamentamos por los enfermos y muertos que produjo.

Ante la flexibilización que propone Larreta en el transcurso de este mes de mayo, se encendieron las alarmas en todos los intendentes del Conurbano, ante el tránsito permanente de personas entre la ciudad y la provincia. El intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, expresó esa preocupación que también inquieta a sus colegas. “Apenas tuvimos un caso en una villa de Avellaneda, lo internamos, aislamos a la familia y además hicimos un relevamiento de los contactos para aislar cualquier foco de infección. Hasta ahora está controlado, pero siempre está el temor a un desborde en las villas”.

Siempre se supo por la palabra de los especialistas que las personas mayores de 65 años (en especial las internadas en geriátricos, otro déficit), la población de las cárceles, los habitantes de barrios carenciados, y los trabajadores de la salud que están en la primera línea de combate a la epidemia, son los más propensos y vulnerables ante el virus.  Y el gobierno de CABA fue cuestionado desde el principio en su accionar en los geriátricos, los barrios carenciados y los trabajadores de la salud, quienes presentaron amparos por falta de elementos de seguridad para no contraer el virus, mientras desde el ejecutivo se hacían licitaciones sospechadas de corruptas hacia proveedores más sospechados aún.

El desinterés social, los prejuicios y la insensibilidad, hicieron el resto para que la situación se tornara muy preocupante, entorpeciendo una estrategia de cobertura nacional que, pese a todo, pudo lograr resultados positivos hasta ahora. Solo nos basta tomar un mapa y mirarlo para saber que la estrategia fue correcta.

“Soy parte del grupo de riesgo y hace doce días que estoy sin una gota de agua en mi casa”, aseguraba Medina. "No tengo plata para comprar bidones, tengo que reciclar el agua para todo; desde el Gobierno se la pasan diciendo que este virus se combate higienizándose, ¿pero cómo podemos hacer para higienizarnos si no tenemos ni una gota de agua?", denunciaba la referentes social ante los medios para hacer conocida la crítica situación que se vive en estos días en las villas y asentamientos precarios.

Una semana después... estaba muerta.

Parte de su familia, incluyendo a una de sus hijas (qué además tiene una discapacidad), también se encuentra infectada por COVID-19.


Tenía 42 años, padecía diabetes y se infectó con el virus. Ese virus que denunciaba y que no era el covid-19... era el Gobierno Porteño y su despreció por esos villeros que le impiden hacer uno de los mejores negocios inmobiliarios de la ciudad. De ahí la desidia... el olvido... el permanente abandono.

Ramona Medina, comunicadora de la revista Garganta Poderosa que estaba internada por coronavirus y que había denunciado a través de un video la falta de agua en la Villa 31 de Retiro, murió a los 42 años. Sin eufemismos, desde la publicación, anunciaron el deceso con el título “Nos mataron a Ramona”.
En su posteo, Nacho Levy, director de la Garganta Poderosa, apuntó también a la “postergación por 4 años” de la relocalización de su familia, la no identificación de los “grupos de riesgo” al interior del barrio, la “falta de insumos en todas las postas de salud”, “los programas fantasmas” para “maquillar la realidad”, la corrupción, la falta de asistencia a los enfermos y el aislamiento tardío de la primera fallecida.

“¡Ramona no se murió! A Ramona la mataron los dueños del silencio, los cómplices de la indiferencia, los mudos de la justicia, ¡la mataron! Y ahora quién carajo nos explica cómo hacer para seguir, cómo seguirá su familia íntegramente internada, cómo podrán seguir sus hijas Maia y Guada, en silla de ruedas, contagiadas, con oxígeno, con discapacidad, sin poder hablar, totalmente dependiente, ¡ahora sin su mamá!”, añadió.

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