Más allá de las acertadas palabras de Alberto Fernández, valorando la vida humana por sobre la economía, es menester tener en claro que la cuarentena no es posible de mantener mucho más y que el camino de una apertura paulatina de la economía es inevitable. La misma pregunta se hacen hoy muchos líderes del mundo globalizado en el que vivimos. Cómo, cuando y de qué manera son las preguntas a responder para que este problema no se cobre más muertes que el mismo Coronavirus..

Cerrar o no cerrar la economía... el quid de la cuestión. 

por CARLOS CRUZ, 11/04/2020.

Momentos como el que vivimos en la actualidad, desnuda por completo a nuestros dirigentes… Con poca certeza de que la información que disponen sea la correcta, tienen sobre sus espaldas las esperanzas de millones de personas que le exigen clarividencia, ante una pandemia a todas luces incierta. Más allá de las intenciones de los diferentes líderes mundiales (buenas o malas) al aplicar diferentes recetas, en el caso de nuestro país hasta el momento el diagnóstico (más allá de correr con la ventaja de no haber picado en punta) fue correcto. La cuarentena está ralentizando el contagio -que va a llegar indefectiblemente- con la finalidad de preparar las instalaciones, materiales e insumos necesarios para enfrentar con éxito la pandemia.

Otros casos ya se han mostrado fatales para los habitantes de países del primer mundo (Italia, Inglaterra, Alemania, España o Francia… hasta el todopoderoso EEUU) o potencias regionales (Brasil, México, Irán, Korea) que no lograron adelantarse a la pandemia o directamente la minimizaron o ridiculizaron, estallando el problema en sus caras.

Nadie desea la ineptitud de Boris Johnson (primer ministro inglés) o de Jair “Mesías” Bolsonaro, quienes pusieron la economía por sobre la salud pública con resultados desastrosos.

El primero -contagiado él mismo de Coronavirus, al igual que el príncipe Carlos y su propio ministro de salud- se negó en un primer momento a cerrar las escuelas -recién lo hizo unos días atrás y lo hizo con la excepción de que aquellos niños cuyo padre o madre tenga una ocupación que resulte clave en la situación de crisis sanitaria actual seguirán yendo a clases para facilitar que sus padres sigan trabajando-, ni tampoco los espectáculos masivos fueron cancelados de inmediato. Por el contrario, el gobierno argumentó a favor de mantenerlos.

El Ejecutivo de Johnson, se apoyó en una teoría según la cual se puede generar una supuesta “inmunidad de grupo”, algo que no está respaldado hasta el momento con ninguna prueba. Consideró que la propagación de coronavirus es inevitable y que será cada vez más reducida a medida que la población se contagie y genere anticuerpos. Al respecto, la coordinadora de emergencias de la oficina para Europa de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dorit Nitzan, dijo a la Agencia EFE que “todavía no se conoce al coronavirus lo suficiente como para saber si se genera inmunidad o si muta, como el virus de la gripe, y, por lo tanto, es posible volver a enfermarse sucesivas veces”.

                                                                                                                                                                                                        GETTY IMAGES

Luego de 18.000 infectados y más de 1.000 muertos, el gobierno británico se vio obligado a cambiar de estrategia luego de que más de 300 científicos, en una carta pública, lo solicitaran, y la opinión pública los apoyara en sus reclamos. En ella, los científicos expresaban que “… con un crecimiento sin restricciones, este brote afectará a millones de personas en las próximas semanas, y podría llevar al colapso del sistema de salud causando muchas muertes evitables, ya sea de personas con coronavirus o con otras enfermedades”.

También se plegó el Imperial College de Londres -que asesora al gobierno-, que solicitaba cambiar la estrategia para evitar que el sistema público de salud colapsara y murieran 250.000 personas. De acuerdo con esta investigación, los centros de tratamiento intensivo podrían quedar desbordados al punto de que se necesitara una capacidad ocho veces mayor que la existente. Por lo tanto, no quedaba otro camino que “impulsar una política de aislamiento social para suprimir el contagio, como se hizo –más tarde o más temprano– en la mayoría de los países a los que llegó el virus”. En el documento, los científicos recomendaron aislar los casos sospechosos, poner en cuarentena a quienes viven con ellos, y también poner a resguardo a ancianos y personas con factores de riesgo. Esas acciones, que buscan enlentecer el contagio, podrían reducir las muertes a la mitad y la necesidad de atención sanitaria a un tercio, estimaron. Desde entonces, Johnson ha llamado a tomar precauciones, y su gobierno reitera que no descarta ninguna medida.

El caso del Brasil de Bolsonaro es, al menos, desconcertante. Mientras el mundo entero intenta desesperadamente hacerle frente a la pandemia del coronavirus, el presidente de Brasil está intentando restarle importancia lo mejor que puede.

En gran parte, a Jair Bolsonaro le ha resultado difícil tomarse el virus en serio. Se opuso a los consejos de su propio ministro de Salud, a principios de marzo y, mientras esperaba los resultados de una segunda prueba de coronavirus, abandonó el aislamiento para unirse a mítines políticos contra el Congreso. Se dio la mano con seguidores en Brasilia y envió un mensaje a millones de personas de que esta situación no era algo de qué preocuparse.

En una manifestación la semana pasada, repitió la ya trajinada frase “Es apenas una pequeña gripe o resfriado”, mientras acusaba una vez más a los medios de sembrar la histeria y el pánico en torno al covid-19. Hablo hasta de un complot comunista… en fin, finalmente mostró con claridad que su gobierno da prioridad a la economía por encima de las medidas de aislamiento adoptadas por el resto del mundo. “Va a morir gente, lo siento, pero no podemos parar una fábrica de autos porque hay accidentes de tránsito”, expresó.

Jair Bolsonaro se encuentra solo en este momento. Ningún otro importante líder niega la severidad de esto hasta donde lo hace él y, dependiendo de cómo salgan las cosas, esa estrategia podría costar muchas vidas en Brasil. Su política en este tema, es una verdadera “timba”: inventa complots, habla de la indestructibilidad de los brasileros, alimenta campañas publicitarias instando a no hacer cuarentena -algo que varios gobernadores decretaron en sus estados-, acusa a sus opositores -y hasta a muchos que hasta hace meses era aliados- de traidores a la patria… si no fuera por la gravedad del caso, mueve a la risa por su ignorancia y patetismo.

En cuanto a España, Francia, Alemania e Italia, la falta de políticas públicas activas y la negación a decretar una cuarentena -se hizo de manera tardía-, hizo que el foco principal del contagio del virus a nivel global se trasladara a Europa. Basta como dato de la gravedad de la situación, que estos cuatro países más el ya mencionado Inglaterra, junto a Holanda y Bélgica, sumen más de 300.000 casos confirmados, casi cuadruplicando los infectados en China, y más que sextuplicando la cantidad de víctimas fatales (unas 20.000 contra 3200 en China).

Estados unidos no está tampoco a salvo de la situación. Su presidente, el ultra neoliberal y siempre polémico Donald Trump, no ha trabajado con otros líderes para diseñar una respuesta en conjunto, y ha preferido promover su muro fronterizo que hacerle caso al asesoramiento científico de sus propios médicos expertos. A la vez, su secretario de Estado, Mike Pompeo, ha decidido llamar a la epidemia como el “virus de Wuhan”, lo que denigra al país donde se originó y complica los esfuerzos para coordinar una respuesta global.

Su respuesta a la pandemia ha sido débil y en poco tiempo, los EEUU pasaron a ser el principal foco de contagio en América con más de 105.000 casos y unos 2.000 fallecidos. Al igual que Bolsonaro, se peleó con Gobernadores y Legisladores, con parte de la comunidad científica, y enfrenta un panorama bastante sombrío.

 

COMO SIGUE EL ASUNTO…

 

Los líderes de los diferentes países no vuelan completamente ciegos: están trabajando por consejo de epidemiólogos serios y expertos en salud pública. Sin embargo, se debe tener cuidado con el “consenso grupal” de un solo grupo de pensamiento, ya que es una reacción natural pero peligrosa al responder a una crisis nacional y mundial. Porque se toman decisiones que afectan a todos y todas (y a nuestra economía)  por lo que, pequeños errores en el manejo de la crisis podrían tener enormes consecuencias futuras.

Es correcto el razonamiento de que este virus está afectando potencialmente a tantos(as) compatriotas a la vez, y que por eso necesitamos proporcionar más camas de hospital, equipos de diagnóstico y tratamiento, y equipos de protección para los médicos y enfermeras que atienden a los pacientes infectados con el virus. ¡Eso es urgente!

Pero quienes dirigen el destino de nuestro país también deben preguntarnos (y todos nosotros con ellos), con la misma urgencia, si podemos minimizar quirúrgicamente la amenaza de este virus para las personas más vulnerables mientras maximizamos las posibilidades de que la mayor cantidad de argentinos posible vuelvan a trabajar de manera segura lo antes posible.

Algo factible en poco tiempo relativo, si nos detenemos un momento y pensamos de nuevo sobre el desafío del coronavirus. Porque la cuarentena eterna o muy extendida en el tiempo nos muestra que muchos de nuestros negocios cierran y millones de personas comienzan a ser despedidas. Y eso nos lleva a hacernos otras preguntas: ¿Qué carajo nos estamos haciendo… a nuestra economía… a nuestra próxima generación? ¿Es esta cura -de extenderse su tiempo de duración- peor que la enfermedad?". Comparto estas preguntas.

La solución pasa por encontrar el mejor equilibrio posible entre los problemas médicos, económicos y morales. Por suerte, hoy el Gobierno, y, en especial el presidente Alberto Fernández, tienen amplio consenso para afrontar estos y otros temas impostergables.

Más allá que aún no tenemos una comprensión firme de la tasa de mortalidad por coronavirus en toda la población, una mirada a algunas de las mejores pruebas disponibles en la actualidad indica que puede ser del 1 o 2 por ciento de los infectados. Si esa es la tasa real, cerrar el mundo con consecuencias sociales y económicas potencialmente tremendas puede ser totalmente irracional. Esto, según el Dr. John P.A. Ioannidis, epidemiólogo y codirector del Centro de Innovación en Meta-Investigación de la Universidad de Stanford, señaló en un ensayo del 17 de marzo en StatNews que “… es como un elefante atacado por un gato doméstico. Frustrado y tratando de evitar al gato, el elefante salta accidentalmente de un acantilado y muere”.

Todos ya a esta altura sabemos que el ingreso es uno de los predictores más fuertes de los resultados de salud y de cuánto tiempo vivimos. Los salarios perdidos y los despidos laborales están dejando a muchos trabajadores sin cobertura social, lo que obliga a muchas familias a renunciar a la atención médica de la Obra Social o la medicina prepaga, recargando más allá de la pandemia la atención del Hospital Público, y al Estado para afrontar estos costos en el momento que más necesita el dinero para afrontar la crisis sanitaria. Lo mismo sucede con los seguros de desempleo, planes sociales y otros de contingencia. Y, a pesar de toda la ayuda que el Estado pueda promover, serán los más necesitados quienes más sufran la situación en un futuro no muy lejano.

 

¿HAY OTRA MANERA?

 

Luego de muchas lecturas para ver cómo afrontar esta situación (o saber si había alguien que ya lo estaba haciendo), una de las mejores ideas que he encontrado fue la ofrecida por el Dr. David L. Katz, el director fundador del Centro de Investigación de Prevención Yale-Griffin.

En un artículo del New York Times, Katz argumentó que hay tres objetivos en este momento: “salvar tantas vidas como podamos, asegurarnos de que nuestro sistema médico no se vea abrumado, pero también asegurarse de que en el proceso de lograr los dos primeros objetivos no destruyamos nuestra economía y como resultado de eso, incluso más vidas”.

Argumentó que, por todas estas razones, debemos pasar de la estrategia de “interdicción horizontal” que estamos desplegando ahora, restringir el movimiento y el comercio de toda la población, sin tener en cuenta los riesgos variables de infección grave, a una intervención más “quirúrgica”. estrategia de “interdicción vertical”.

Un enfoque quirúrgico vertical se centraría en proteger y focalizarnos en aquellos de nosotros que tienen más probabilidades de morir o sufrir daños a largo plazo por la exposición a la infección por coronavirus, es decir, los ancianos, las personas con enfermedades crónicas y los inmunológicamente comprometidos, mientras que básicamente se trata resto de la sociedad de la forma en que siempre nos hemos enfrentado a amenazas familiares como la gripe. Eso significa que les diríamos que sean respetuosos con los demás al toser o estornudar, que se laven las manos regularmente y si se sienten enfermos para quedarse en casa y superarlo, o que busquen atención médica si no se están recuperando como se esperaba.

Porque, al igual que con la gripe, la gran mayoría lo superará en días, un pequeño número requerirá hospitalización y un porcentaje muy pequeño de los más vulnerables morirá, trágicamente.

Entonces, luego de esta cuarentena, los argentinos deberíamos pasar a una fase dos, aprovechando la inercia generada en la primera fase ¿Cómo? Haciendo que la intervención estatal sea vertical. Aislando a las personas que están en mayor riesgo (volcando los recursos necesarios para su “verdadero” aislamiento por el período que los expertos consideren necesario, preservando así su salud y sus vidas) y haciendo que las demás retomen sus actividades haciendo campaña para concientizar de como tomar los mayores recaudos contra el virus.  Así, “reiniciaríamos” de manera efectiva nuestra sociedad en dos o tres semanas a partir de ahora. El efecto rejuvenecedor sobre la moral de la gente, y, por ende, la economía, sería difícil de exagerar luego de mostrar a la población que el esfuerzo realizado fue bueno y que ahora sí (no como se prometía antaño alegremente) hay luz al final de este túnel y que ya podemos ir hacia ella para adueñárnosla. El riesgo no será cero, pero el riesgo de algún mal resultado para cualquiera de nosotros en un día determinado nunca es cero”.

Por esto, es necesario usar esta primera fase de cuarentena para establecer a través del análisis de datos los mejores criterios posibles para diferenciar a los especialmente vulnerables de los demás y poder comenzar con la fase dos.

 

CORONAVIRUS Y ECONOMÍAS EMERGENTES.

 

En Nueva Delhi, una mujer que vende fruta en un mercado y cuyas ventas se han reducido a la mitad ahora diluye la leche que les da a sus cinco hijos. En el centro de Turquía, una empresa que ofrece paseos en globos aerostáticos para turistas mandó a sus 49 empleados a un descanso indefinido y redujo su salario a la mitad. En Manila, el cantinero de una línea internacional de cruceros está anclado en casa, y se pregunta si sus ahorros alcanzarán hasta que el buque pueda regresar al mar. En Johannesburgo, una madre que se gana la vida trenzando el cabello de sus clientes regresa a casa con las manos vacías… En Buenos Aires, un conductor de taxi recorre las calles desiertas en busca de pasajeros, temeroso de contraer el coronavirus, pero todavía más aterrado de perder su taxi si no puede hacer los pagos respectivos. “No sé qué voy a hacer”, dijo. “Esta situación está totalmente fuera de mis manos”.

Ahora que el coronavirus ha puesto a la economía global en un sorprendente estado de suspenso, los países más vulnerables son los que sufren los daños más intensos. Las empresas, comienzan a despedir empleados (a veces por no tener otro remedio, otras por la insaciable avidez capitalista). Los hogares, entonces, no cuentan con ingresos suficientes y gastan a cuentagotas para adquirir los productos esenciales solamente… y a veces, ni eso. Desaparecen las inversiones, y comienza la cosecha de los especuladores de siempre… los carroñeros… los que ganan con la desgracia ajena, de la que se regodean. Y se revuelcan entre la inmundicia de sus acciones como cerdos en sus chiqueros (con perdón de los cerdos).

Especulan así contra las monedas soberanas, contra los precios de los productos primarios, contra el valor de empresas locales para así comprarlas por monedas y ahondar la extranjerización que, una vez recuperado el país, van a hacer valer de manera monopólica o cartelizada…  Esos que los grandes medios llaman “inversionistas” siendo solo usureros de la peor laya. Tipos a los que el mundo hoy les pertenece y son defendidos desde los países centrales y los organismos internacionales… hasta tienen sus propios tribunales, como el CIADI, donde siempre ganan.

“Será igual de malo, o quizá incluso peor, que la crisis financiera global para los mercados emergentes”, afirmó Per Hammarlund, estratega principal para mercados emergentes del Grupo SEB, un banco de inversiones globales con sede en Estocolmo. “El panorama es sombrío”, vaticina.

Más allá que los mercados emergentes representen el 60 por ciento de la economía mundial en términos de poder adquisitivo (según el Fondo Monetario Internacional), y una ralentización en la economía de estos países se traduce en una ralentización de la del planeta, a largo plazo, los países centrales sacan provecho. Un provecho que después lo utilizan para ahondar las desigualdades durante décadas.

Y para peor, hay que agregar que muchos gobiernos tienen una deuda que limita su capacidad de ayudar a los más necesitados, como es el caso de Argentina. Y crece la certeza de que algunos países se deslicen hacia la insolvencia y no puedan cumplir sus obligaciones de pago, en especial Argentina, Turquía y Sudáfrica. En nuestro caso, hasta el FMI reconoce que el país necesita quitas y reperfilamiento de la deuda por varios años para poder volver a hacer su economía viable. Ese fue el legado del experimento neoliberal con fuertes tintes de “amiguismo” de Mauricio Macri.

La mayoría de los economistas dan por hecho que ya nos encontramos en una recesión mundial, una recesión sincronizada que castiga a los países de manera indiscriminada y transforma las fortalezas económicas tradicionales en vulnerabilidades alarmantes.

El turismo está prácticamente arruinado, la gastronomía igual, las compañías aéreas en peligro de extinción, La interrupción de la industria en todo el planeta es alarmante y además provoca la reducción drástica de la demanda de materias primas.

Este parate en la necesidad de materias primas implica bajas en productos como el cobre, el zinc, el petróleo, la soja, el trigo…

Y también debemos enfrentar la realidad que mientras que en las naciones ricas se han ordenado cuarentenas en las que sus gobiernos han liberado billones de dólares en gasto y crédito para limitar el daño económico, en los países periféricos como el nuestro o en los más pobres aún, eso no es posible, más allá del esfuerzo titánico que llevan a cabo muchos de los dirigentes de estos países. Porque más allá del apoyo estatal, las familias de los barrios pobres viven hacinadas, por lo que sería imposible aplicar efectivamente la cuarentena. Quienes sobreviven gracias a la chatarra de metal o a los cartones que encuentran en las calles y los basureros, podrían morir de hambre si se quedan en casa.

Y esto es, lamentablemente, incontrolable. En un gueto de Soweto, una favela brasileña o en la villa 21… ¿cómo podés aislarte? Las consecuencias sociales de la muerte entre los más débiles y los ancianos sencillamente serán monstruosas”.

 

¿Y POR CASA CÓMO ANDAMOS?

 

Argentina se encontraba en peligro antes de la pandemia. Los cuatro años de macrismo fueron realmente devastadores para la economía nacional. Su moneda, el peso, perdió más de dos tercios de su valor en 2018 y 2019, y la inflación se disparó por encima del 50 por ciento. Su economía se contrajo un dos por ciento el año pasado, y la deuda del gobierno llegó a cerca del 90 por ciento de la producción anual, una señal alarmante de peligro.

Hoy, Alberto Fernández, enfrenta un problema aritmético casi imposible: ¿Cómo podría el gobierno aumentar el gasto y pagar los 57.000 millones de dólares que recibió en préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI)? Simplemente, no pagando…

A favor juega que hace pocos días, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, dio muestras de flexibilidad. En una declaración por escrito, citó la pandemia cuando declaró que era necesario una “reducción sustancial de la deuda de los acreedores privados de Argentina”, reducción que cifró entre 55.000 y 85.000 millones de dólares.

 “Es difícil pensar que Argentina pueda obtener financiamiento de alguna parte”, comentó Maria Castiglioni Cotter, directora de la consultora C&T Asesores Económicos, en Buenos Aires. No obstante, “el gobierno debe aumentar el gasto público”, añadió, o corre el “riesgo de un colapso total”. Para alegría del gobierno, el Banco Mundial le concedió un crédito por u$s300 millones para enfrentar la pandemia y ayudar a los más débiles.

Con una economía congelada, con la industria funcionando a la mitad de su capacidad, con empresas tecnológicas que recién despiertan de la pesadilla neoliberal, con un fondo soberano (el FGS) que otrora motorizaba la economía y hoy ha perdido el 75% de su valor, y un Estado empobrecido y desmembrado, Alberto Fernández tiene fe… y muchos de nosotros la tenemos en él y todo su gobierno. Serán tiempos de medidas fuertes, de vuelta a la redistribución, de atrincheramiento contra los poderes fácticos que ya asoman amenazantes luego de asimilar su derrota (de la batalla, no la guerra)… tiempos de hacer patria de la buena, no le agitar banderitas, cortar rutas en 4x4, o cantar ohhhh ohhhh en una cancha de Francia. Tiempos de volver a la justicia social, al respeto de los DDHH, a la militancia, a la alegría, a las ganas de vivir la vida y que esta nos vuelva a parecer dulce.

No soy un experto médico. Solo soy un periodista, que consulta con quienes saben del tema y que teme por sus propios seres queridos, por sus vecinos y por las personas de todo el mundo tanto como cualquiera. Escribo estas líneas no para imponer la verdad de una cura mágica… o porque crea tener todas las variables (agradecería a Uds., lectores, expresar sus ideas, dar aportes a la discusión). Las escribo y comparto con todos ustedes porque creo fervientemente en el debate popular y el compromiso, pues estoy seguro de que necesitamos menos mentalidad de rebaño (menos TN, Clarín, La Nación, donde se defenestra el pensamiento crítico) y más inmunidad de rebaño, a medida que aceptamos que debemos ayudar con nuestras opiniones al Gobierno a tomar una elección infernal: O bien dejamos que algunos de nosotros recibamos el coronavirus, nos recuperemos y volvamos al trabajo, mientras hacemos todo lo posible para proteger a los más vulnerables a ser asesinados por él. O cerramos la persiana del país durante meses para tratar de salvar a todos de este virus, sin importar su perfil de riesgo, y dejar que muchos más mueran de dengüe, desnutrición, o solo mala atención médica… matando al virus pero también a nuestra economía y, quizás, nuestro futuro.

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